Catalogna, quando l’appartenenza diventa una mistica politica

di Massimo Borghesi. «Nella Catalogna secolarizzata il nazionalismo riempie il vuoto lasciato dalla religione perduta». Giovedì 19 ottobre PáginasDigital.es, testata online spagnola, propone un’intervista di Juan Carlos Hernández e Fernando De Haro a Massimo Borghesi. La stessa intervista compare in italiano il giorno dopo sulla testata online IlSussidiario.net. Ecco come, secondo il filosofo dell’Università di Perugia, l’appartenenza tende a diventare una mistica politica. Proponiamo entrambe le interviste in ordine cronologico

 

PaginasDigital, giovedì 19 ottobre, ENTREVISTA A MASSIMO BORGHESI ‘En Cataluña han encontrado una nueva religión’ (Juan Carlos Hernández y Fernando de Haro) (link http://www.paginasdigital.es/v-portal/informacion/informacionver.asp?cod=8316&te=15&idage=15617&vap=0)

 

Vivimos una época de caída de las evidencias, también de aquellas evidencias que fundamentaron la democracia. Lo vemos en el auge de los populismos pero, ¿podría ser un ejemplo de esto el movimiento independentista en Cataluña?

El movimiento independentista catalán tiene un origen antiguo. Sus premisas están al comienzo de la era moderna cuando, con el descubrimiento de América, Cataluña tuvo que sufrir las dificultades económicas debidas al desplazamiento del comercio hacia las Américas, de cuyas rutas Cataluña quedaba excluida en favor de Castilla, y con la reducción de su margen de maniobras mercantiles en la cuenca mediterránea, a causa de la expansión otomana. En este contexto es donde maduran los sentimientos anticastellanos y separatistas que llevarán a la decisión política de apoyar a Francia contra Felipe IV. Si bien estas son las premisas más lejanas, hay que decir que el fenómeno del independentismo se ha radicalizado en los últimos diez años, paralelamente al estallido de la crisis económica interna en España y también internacional. La crisis económica funciona como detonador de antiguas rivalidades. El populismo catalán es distinto del italiano, alemán, austriaco, inglés. No tiene nada que ver con los fenómenos de la inmigración, la presencia musulmana, etc. El populismo catalán es un populismo nacional o, mejor dicho, nacionalista. Presenta analogías con el vasco y escocés. Los independentistas piden ser considerados como una auténtica nación. Por eso, en marzo de 2006, adoptaron una nueva versión del Estatuto catalán con la aprobación del entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero, donde se reforzaba a la comunidad autónoma. En el texto se definía a Cataluña como una “nación” dentro del Estado español y se establecía además “el derecho y el deber” de los ciudadanos catalanes de conocer y hablar el catalán y el castellano. Pero en julio de ese mismo año, el Partido Popular de Mariano Rajoy, por aquel entonces en la oposición, presentó un recurso ante el Tribunal Constitucional que, cuatro años después, en junio de 2010, anuló una parte del estatuto catalán, la que establecía la referencia a Cataluña como “nación”, porque no tenía “ningún valor jurídico”. El motivo de la anulación de una parte del estatuto está en el hecho de que la Constitución postfranquista de 1978, que convirtió al país en una monarquía parlamentaria, “no reconoce más que la nación española” y está pensada para una España “indisoluble”. Los principios sancionados constitucionalmente son por tanto superiores a cualquier decisión tomada en un parlamento autónomo.

En el origen del catalanismo está sin duda la obra del obispo Torras i Bages, que a finales del siglo XIX ve en el desarrollo de la identidad regional o nacional de Cataluña un modo de detener la secularización. Ese intento está reflejado en su famosa frase “Cataluña será cristiana o no será”. En la historia ha habido otras operaciones similares. ¿Qué consecuencias tiene una opción de este tipo?

En Europa, a lo largo del siglo XIX, surgieron muchos movimientos de independencia nacional de base religiosa, marcadamente cristiana. Es el caso de la independencia de Grecia del dominio otomano, de Polonia, Italia con el Risorgimento. La idea de nación “cristiana” es uno de los productos de la cultura romántica como reacción a la Ilustración secularizadora. Volviendo al presente, lo que me llama la atención es el silencio de la Iglesia, al menos en los medios, respecto a lo que está pasando. Se juzgue como se juzgue, el movimiento de secesión de España perseguido por los catalanes radicales es una tragedia. Cada vez que los pueblos se dividen es una derrota. En este caso, creo que se puede decir que es una tragedia también para la Iglesia, para la catalana y para toda la Iglesia española. En estos años la Iglesia no ha sido capaz de unir, de superar odios y rivalidades. Su voz no se ha oído en estos acontecimientos. Es verdad que en Cataluña, profundamente secularizada, esta voz es muy débil. Del mismo modo, me parece que ha faltado la función de unidad que represente la corona. El rey debía, debe, representar la unidad de la nación, es el símbolo en que todos se reconocen, más allá de las diferencias. Y no creo que esto haya sido así.

El fenómeno del nacionalismo, que se convierte en independentismo, ha sido explicado como una “transferencia de sacralidad”. Ya Orígenes criticaba la idolatría de la nación. Cataluña es, de hecho, una de las zonas más secularizadas de España ¿Esta transferencia de sacralidad es la consecuencia normal de toda “teología política”?

El Papa Francisco afirma en sus textos que para comprender a un pueblo hace falta una visión lógica y otra mítica. Sin la dimensión mítica, referida a los vínculos históricos, las tradiciones, los símbolos, las costumbres, etc., no se puede entender a un pueblo. Cuando esta dimensión mítica se vuelve “mística” se cae en la ideología, en la religión civil, en la teología política. El catalanismo, como movimiento identitario, se hace totalizante, unificador, religioso. Se convierte en un movimiento de liberación. La pregunta que debemos plantearnos es: ¿liberación de qué? ¿Acaso España es un Estado tirano, opresor, antidemocrático? Cataluña es una de las regiones europeas más ricas, con un nivel de autonomía que roza la independencia. ¿Qué le falta para ser ella misma? Nada más que la mitología de sí misma. En la Cataluña secularizada, el nacionalismo llena el vacío dejado por la religión perdida. Solo se comprende la mística de la revuelta catalana a partir del hecho de que finalmente los catalanes han encontrado una nueva fe, un mito unificador, una pasión civil, un enemigo a combatir. La mística no tiene en cuenta las contraindicaciones. Una Cataluña independiente no tendría el reconocimiento europeo, tendría que emitir una moneda propia, con las consecuencias que podemos imaginar, seguiría sufriendo la huida de empresas y bancos, el empeoramiento de sus cuentas económicas, probablemente el aumento del desempleo, la congelación de sus relaciones con España, la insignificancia política en el mundo global, etc. Los motivos negativos son evidentes. Sin embargo, para los radicales no existen. Tienen una “fe” y eso basta.

¿El nacionalismo que resurge en Europa en estos tiempos se puede entender como una fórmula de teología política? Llevando a la práctica el título de uno de sus libros más famosos, ¿cómo hacer una “Crítica a la teología política”, a las nuevas teologías políticas?

El nacionalismo resurge en Europa después del movimiento de nivelación impuesto por la burocracia de Bruselas. Cuanto más quiere Europa “unificar”, con tanta mayor fuerza estallan las diferencias. Europa no puede ni debe ser una nación. Si lo fuera se haría totalitaria. Europa solo puede continuar si mantiene el equilibrio entre unidad y diferencia, entre universalización y localización, entre organismos centrales y Estados nacionales. De otro modo resurgirán, ya están resurgiendo, las reacciones populistas. Estas obtienen sus apoyos del miedo y, al mismo tiempo, de los deseos insatisfechos. Miedo a la inmigración, a la presencia musulmana, a la pérdida de identidad, a la crisis económica. Frente a estos miedos, Europa ya no parece ser una defensa. Y no solo eso. Europa queda muy lejos frente al fenómeno de la soledad, del mundo sin vínculos que ha generado un neocapitalismo agresivo, una sociedad líquida fundada en un individualismo extremo. Donde emerge el deseo de formar parte de una patria, de una comunidad, el deseo de pertenecer. Los nacionalismos identitarios que afloran actualmente utilizan e instrumentalizan miedos y deseos que maduran en la crisis de la globalización, e imaginan soluciones mítico-místicas. Las teologías políticas siempre surgen en situaciones de “crisis”. Su fascinación consiste en descargar sobre un enemigo las propias frustraciones y miedos. Para la Cataluña de hoy, tener en España al enemigo, al chivo expiatorio de sus propios problemas, constituye, en el imaginario colectivo, una exaltadora promesa de liberación.

En una entrevista para este periódico usted afirmaba que “identidad significa autoconciencia de lo que uno ha encontrado. Para un cristiano esto deriva de la experiencia de la ‘gracia’, de algo que ha sucedido y no depende de nosotros, no es mérito nuestro. De otro modo, la identidad se convierte en una construcción ideológica que termina en la dialéctica amigo-enemigo”. ¿Estamos condenados a identidades conflictivas?

Cuando la conflictividad entre los pueblos se vuelve ideológica, maniquea, hacen falta grandes líderes capaces de indicar caminos, vías de reconciliación. Por el contrario, vemos políticos de perfil bajo que utilizan las pasiones de las masas para hacer carrera. Sin escrúpulos. En los momentos difíciles, estamos en manos de los mediocres. Igualmente, cuando el conflicto parece estar en un punto sin salida, la Iglesia, si constituye la tradición histórica de la nación, no puede dejar de trabajar por la unidad entre los pueblos cristianos que constituyen un Estado. La unidad, como dice siempre el Papa Francisco, es más fuerte que la diferencia. La unidad no debe abolir la diferencia, ni esta última debe destruir la concordia. En caso contrario, la identidad como factor de riqueza para todos, pasa de ser factor original a convertirse en ideología identitaria. El identitarismo nacional es una construcción intelectual de los historiadores, un producto del historicismo romántico. Marca el fin de la Europa “cristiana” de la “Santa Alianza”; es la premisa de las dos guerras mundiales que, en nombre del poder de las naciones, incendió el mundo entero. El hecho de que eso emerja ahora en Europa, al contrario de lo que pasó en la exYugoslavia, como un movimiento pacífico, no quita su naturaleza conflictiva, su necesidad de un eterno enemigo. De aquí no puede salir nada bueno.

 

IlSussidiario.net, venerdì 20 ottobre, CAOS CATALOGNA/ Indipendentismo o nuova religione? int. Massimo Borghesi (link http://www.ilsussidiario.net/News/Cultura/2017/10/20/CAOS-CATALOGNA-Indipendentismo-o-nuova-religione-/788299/)

 

“Nella Catalogna secolarizzata - spiega il filosofo Massimo Borghesi a Páginas Digital, da cui riprendiamo questa intervista - il nazionalismo riempie il vuoto lasciato dalla religione perduta. Non si comprende la mistica della rivolta catalana se non a partire dal fatto che finalmente i catalani hanno trovato una nuova fede, un mito unificante, una passione civile, un nemico da combattere. Ma la mistica non tiene conto delle controindicazioni”.

Viviamo in un’epoca di caduta delle evidenze, anche di quelle che sono state a fondamento della democrazia. Lo vediamo nella crescita dei populismi. Il movimento indipendentista in Catalogna potrebbe esserne un esempio?

Il movimento di indipendenza catalano ha origini antiche. Le premesse sono all’inizio dell’era moderna quando, con la scoperta europea delle Americhe, la Catalogna si trovò a soffrire le difficoltà economiche dovute allo spostarsi dei commerci verso le Americhe, dalle cui rotte la Catalogna era stata esclusa in favore della Castiglia, e il chiudersi degli spazi di manovra mercantili nel bacino mediterraneo, a causa dell’espansione ottomana. E’ in questo contesto che maturano i sentimenti anti-castigliani e separatisti che spinsero alla scelta politica di appoggiare la Francia contro Filippo IV di Spagna. Se queste sono le premesse lontane va detto che il fenomeno dell’indipendentismo si è radicalizzato nel corso degli ultimi 10 anni, in parallelo all’esplodere della crisi economica interna della Spagna ed internazionale. La crisi economica funziona da detonatore per rivalità antiche. Il populismo catalano è diverso da quello italiano, tedesco, austriaco, inglese. Non ha nulla a che fare con i fenomeni dell’immigrazione, della presenza musulmana, ecc. Il populismo catalano è un populismo nazionale o, meglio, nazionalistico. Presenta analogie con quello basco e scozzese. Gli indipendentisti chiedono di essere considerati come una vera e propria nazione. Per questo, nel marzo del 2006, è stata adottata una nuova versione dello “Statuto catalano”, con l’approvazione dell’allora premier José Luis Rodriguez Zapatero, in cui si rafforzava la Comunità autonoma. Nel testo si definiva la Catalogna come “una nazione” all’interno dello Stato spagnolo e si stabiliva inoltre “il diritto e il dovere” dei cittadini catalani di conoscere e parlare il catalano e il castigliano. Ma nel luglio dello stesso anno, il Partito Popolare di Mariano Rajoy, all’epoca all’opposizione, aveva presentato un ricorso davanti alla Corte Costituzionale che, quattro anni dopo, nel giugno del 2010, aveva annullato una parte dello statuto catalano, cioè quella che stabiliva il riferimento alla Catalogna come “nazione”, perché non aveva “nessun valore giuridico”. La motivazione per l’annullamento di una parte dello statuto sta nel fatto che la Costituzione post-franchista del 1978, che trasformò il Paese in una monarchia parlamentare, “non riconosce altro che la nazione spagnola” ed è stata pensata per una Spagna “indissolubile”. I principi sanciti costituzionalmente sono quindi superiori a qualsiasi decisione presa da un parlamento autonomo.

All’origine dell’indipendentismo catalano c’è senza dubbio l’opera del vescovo Torras i Bages che alla fine del XIX secolo vedeva nello sviluppo dell’identità regionale o nazionale della Catalogna un modo di contrastare la secolarizzazione. Questo tentativo è evidente nella sua famosa frase “la Catalogna sarà cristiana o non sarà”. Nella storia ci sono state altre operazioni simili. Che conseguenze ha un’opzione di questo tipo?

Nel corso dell’800, in Europa, molti movimenti di indipendenza nazionale sorgono a partire da una base religiosa, segnatamente cristiana. E’ il caso dell’indipendenza della Grecia dal dominio ottomano, della Polonia, dell’Italia all’inizio del movimento risorgimentale. L’idea della nazione “cristiana” è uno dei prodotti della cultura romantica in reazione all’illuminismo secolarizzante. Tornando al presente ciò che mi colpisce è il silenzio della Chiesa, almeno nei media, rispetto a quello che viene accadendo. Comunque lo si voglia giudicare il movimento di secessione dalla Spagna perseguito dagli indipendentisti catalani radicali è una tragedia. Ogni volta che i popoli si dividono è una sconfitta. In questo caso mi pare di poter dire che è una tragedia anche per la Chiesa, per quella catalana e per tutta la Chiesa spagnola. La Chiesa, in questi anni, non è stata capace di unire, di superare odi e rivalità. La sua voce negli avvenimenti presenti non si è sentita. Vero è che nella Catalogna, profondamente secolarizzata, la sua voce è molto debole. Allo stesso modo è mancata, mi sembra, la funzione di unità rappresentata dalla corona, dal re. Il re doveva, deve rappresentare l’unità della nazione, il simbolo in cui si riconoscono tutti al di là delle differenze. Non mi pare che questo sia accaduto.

Il fenomeno del nazionalismo, che si trasforma in indipendentismo, è stato spiegato come un “trasferimento di sacralità”. Già Origene criticava l’idolatria della nazione. La Catalogna è di fatto una delle zone più secolarizzate della Spagna. Questo trasferimento della sacralità è la conseguenza normale di ogni teologia politica?

Il papa Francesco afferma, nei suoi scritti, che per comprendere un popolo occorre una visione logica ed una mitica. Senza la dimensione mitica, che concerne i legami storici, le tradizioni, i simboli, i costumi ecc. non si capisce un popolo. Quando questa dimensione mitica diviene “mistica” si cade nell’ideologia, nella religione civile, nella teologia politica. Il catalanismo da movimento identitario diviene un moto totalizzante, unificante, religioso. Diviene un movimento di liberazione. La domanda che dobbiamo porci è: “liberazione da cosa”? Forse che la Spagna è uno Stato tirannico, illiberale, antidemocratico, oppressivo? La Catalogna è una delle regioni europee più ricche, con un livello di autonomia ai limiti dell’indipendenza. Cos’altro le manca per essere se stessa? Nulla se non la mitologia di se stessa. Nella Catalogna secolarizzata il nazionalismo riempie il vuoto lasciato dalla religione perduta. Non si comprende la mistica della rivolta catalana se non a partire dal fatto che finalmente i catalani hanno trovato una nuova fede, un mito unificante, una passione civile, un nemico da combattere. La mistica non tiene conto delle controindicazioni. Una Catalogna indipendente non avrebbe il riconoscimento europeo, dovrebbe coniare una moneta propria con le conseguenze valutarie che possiamo immaginare, vedrebbe la fuga di industrie e di banche, il peggioramento dei conti economici, il probabile aumento della disoccupazione, il congelamento dei rapporti con la Spagna, l’insignificanza politica nel mondo globale, ecc. I motivi negativi sono evidenti. E, tuttavia, per i radicali non esistono. Hanno una “fede” e questo basta.

Il nazionalismo che risorge in Europa con queste caratteristiche si può intendere come una forma di teologia politica? Come fare una critica della teologia politica a queste nuove teologie politiche?

Il nazionalismo risorge in Europa a seguito del movimento livellatore imposto dalle burocrazie di Bruxelles. Quanto più l’Europa vuole “unificare” tanto più scattano le differenze. L’Europa non può né deve essere una nazione. Se lo facesse diverrebbe totalitaria. L’Europa può reggere solo se mantiene l’equilibrio tra unità e differenza, tra universalizzazione e localizzazione, tra organismi centrali e Stati nazionali. Diversamente risorgeranno, stanno risorgendo, le reazioni populistiche. Queste affondano il loro consenso nella paura e, al contempo, in desideri non soddisfatti. La paura è quella dell’immigrazione, della presenza musulmana, della perdita di identità, della crisi economica. A fronte a queste paure l’Europa non appare una difesa. Non solo. L’Europa appare lontana anche di fronte al fenomeno della solitudine, del mondo senza legami prodotto da un neocapitalismo aggressivo, da una società liquida fondata sull’individualismo estremo. Donde il desiderio di far parte di una patria, di una comunità. Il desiderio di appartenere. I nazionalismi identitari che fioriscono oggi utilizzano, strumentalizzano paure e desideri che maturano nella crisi della globalizzazione e immaginano soluzioni mitico-mistiche. Le teologie politiche sorgono sempre in situazioni di “crisi”. Il loro fascino sta nello scaricare in un nemico le frustrazioni e le paure. Per la Catalogna di oggi avere nella Spagna un nemico, il capro espiatorio dei propri problemi, costituisce, nell’immaginario collettivo, una promessa esaltante di liberazione.

In una intervista a questo giornale lei affermava che identità significa autocoscienza di quello che uno ha incontrato. Per un cristiano questo deriva dall’esperienza della Grazia, di qualcosa che è accaduto e non dipende da noi, non è merito nostro. Diversamente, l’identità si trasforma in una costruzione ideologica che finisce nella dialettica amico-nemico”. Siamo condannati a identità conflittuali?

Quando la conflittualità tra i popoli diviene ideologica, manichea, occorrerebbero grandi leader capaci di delineare strade, percorsi di riconciliazione. Al contrario vediamo politici di basso profilo che utilizzano le passioni delle masse per costruire le proprie carriere. Senza scrupoli. Nei momenti difficili siamo in mano ai mediocri. Comunque quando il conflitto appare senza via d’uscita la Chiesa, se costituisce la tradizione storica della nazione, non può non adoperarsi per l’unità tra i popoli cristiani che costituiscono uno Stato. L’unità, come afferma sempre papa Francesco, è più forte della differenza. L’unità non deve abolire la differenza e quest’ultima non deve distruggere la concordia. In caso contrario l’identità da fattore di ricchezza per tutti, da fattore originale si trasforma nell’ideologia identitaria. L’identitarismo nazionale è una costruzione intellettuale degli storici, un prodotto dello storicismo romantico. Segna la fine dell’Europa “cristiana” della “Santa Alleanza”; è la premessa delle due guerre mondiali che, in nome della potenza delle nazioni, ha incendiato la terra. Il fatto che oggi esso appaia in Europa, diversamente dalla ex-Jugoslavia, come un movimento pacifico non toglie la sua anima conflittuale, il suo bisogno dell’eterno nemico. Da qui non può sorgere nulla di buono.

(Juan Carlos Hernández e Fernando De Haro)


“Milano 0” di William Congdon. Gesto, non anima effusa misticamente

di Mario Cancelli. “Milano 0” (1968) di William Congdon, grazie a un atto donativo della William Congdon Foundational al Museo del Novecento, è tornato là da dove idealmente era venuto, quella piazza Duomo sulla quale il museo affaccia le sue vetrate. Proprio il giudizio della commissione che ha accolto la donazione invita a un approccio critico che riconduca l’opera di Congdon alla storia milanese e italiana.

Il quadro potrebbe essere inteso come sfogo o testo apologetico di un personale “disagio della civiltà”, un saluto spiritoso ma imputante rivolto a chi viveva il vortice di quell’anno post boom. Di invettive, peraltro, non si trova nemmeno l’ombra, piuttosto si coglie un che di confidenziale nel convocare, su una scena che si è portati a identificare in piazza Duomo, i riconoscibili archetipi e miti di quegli anni. Un’onirica, partecipata condensazione trasforma in salotto una piazza colma di voci e di presenze: grattacieli come il Pirellone e la Torre Velasca, figure e corpi in abbandono di carni e pensieri, graffiti ante litteram, compongono un tenero e ironico commento dell’angoscia di tutti. Verrebbe da pensare alle “Tragedie da ridere” di Franca Valeri, quei monologhi cari a Giovanni Testori, in cui tutta la città è chiamata in causa.

Invano si cercherebbero in quest’opera insofferenza e irritazione, perché qui, nel gesto pittorico, Congdon si affeziona alle vite degli altri, ne condivide il dramma, si sente fra i suoi simili. Una narrazione rapida e gestuale proietta su un grattacielo, Taj Mahal senza più sacralità, una luce che scivola, portando con sé cenere e bitume, “resti” materici che non permettono più metafisiche accensioni; una materia che desacralizza è infatti l’esito di questo mischiare cenere ai colori ad olio, simbolo architettonico e palcoscenico.

Va poi detto che il titolo non allude certo al punto zero del linguaggio letterario, che pure imperversava in quegli anni, perché al contrario sono tanti i codici linguistici che l’opera parla . Che si tratti dello zero inteso come neorealismo testoriano, come messa a nudo che smaschera l’avanspettacolo della nostrana metropoli sui Navigli, quasi divertente per Congdon che aveva attraversato la Black City? Ed è proprio l’ironia (Congdon ha sempre giocato ottimi scherzi al “tragico”) se non addirittura un quasi fumetto, a tenere insieme i tanti codici, unificando divertito scandalo personale e giudizio storico: insomma ci troviamo più prossimi alla satira di Maccari che a nordici espressionismi.

I rosa, i gialli rossetto delle carni, immortalano le “Lollofrigide” dopo averle fatte scendere dai cartelloni pubblicitario, accompagnandole con grazia sulla ribalta; “Allegria” “morte, “Gina”, lampeggiano nell’arena coi toni coatti ed esclamativi della pubblicità. Congdon non sta certo lanciando vernice sulle pellicce delle signore alla prima della Scala, piuttosto il suo giudizio dice di sé, del suo non accettare il mondo: anche qui, come sempre in Congdon, a consentire la sortita dagli idoli e dalle censure, è l’atto creativo. In “Milano 0” ciò che è personale e privato trova il modo per divenire pubblico: non è questa la via di “Guernica”? Non si assisteva, in Picasso, a un deciso, elaborato virare da un fatto d’historia al “romanzo personale” o meglio, “familiare”? Da allora, come non ritrovare il campo di battaglia nel proprio atelier, come non sentirsi ogni giorno sotto le bombe? Già il “Quarto stato” di Pellizza da Volpedo aveva rappresentato il manifesto di una mobilitazione pubblica che si muta in un lutto privato, permettendo di assistere, proprio qui al Museo del Novecento, a un’ascesa (o a una discesa) dell’arte nei territori ormai indagati dell’io.

Una parte significativa dell’eredità di Congdon sta proprio nel non dimettere mai la consapevolezza della propria “scissione”, nel non annullarla mai in sublimi assoluti. Le “Basse”, frutto di una scelta spirituale radicatasi come scelta di vita in un territorio preciso, trasportano l’“action” dai romantici e consumati tralicci delle “City” newyorkesi a nuovi e coltivati campi, tralicci dove rifiorisce il seme, dove cioè il gesto può riaffermarsi.

Occorre però sottolineare che si tratta appunto di gesto e non di anima effusa misticamente sulla tela, come la critica ha spesso accreditato: basti osservare le ultime prove di questo poema benedettino, che riconducono ali di luce a materici solchi di un lavoro mai concluso e sempre da verificare. Colori a olio impastati a cenere, si è detto: non barocchismo sperimentale, ma partecipazione a un dramma di tutti in cui non manca mai il proprio. Solo così è dato “uscire” dal mito. E mito soprattutto era l’anno, il mitico ’68 , che azzerava tutto in nome di una immaginazione separata da “ogni” potere.

Quel che avvenne e si produsse attorno a quegli anni porta i segni, anche fascinosi, di quella scissione. Gli sforzi compiuti verso la sintesi in quegli anni cruciali rimangono pietre miliari nei rispettivi ambiti artistici: è lì che occorre guardare, alla letteratura e al cinema di quegli anni, per trovare i compagni di cordata di questo Congdon milanese. Nel Pasticciaccio di Gadda, il commissariato si trasferisce tour court nel salotto di Liliana Balducci: un mélange linguistico ineguagliato narra una poliziesca quête nella quale il commissario è al tempo colui che indaga e l’indagato (Liliana, donna o madre?). La cognizione del dolore, che dipana la matassa in chiave tutta psichica, non parte da qui? E Teorema di Pier Paolo Pasolini, non si sviluppa grazie a un teorema per il quale la schizofrenia del capitalismo si “compie nel totemico suicidio del padre, il denudato Massimo Girotti?

“Dì quel che pensi” (principio della clinica freudiana che può valere come metro di giudizio per qualsiasi poetica) si potrebbe dire, a conclusione di queste ipotesi di ragionamento. Dì quel che pensi e recupererai qualcosa di te e della storia degli altri.

 

“Milano 0”, anno 1968, olio e cenere su faesite

Museo del Novecento. Milano.

 

(Mario Cancelli)


Evocare l’universo dopo averlo rimosso. Mark Tobey alla Guggenheim

di Mario Cancelli. A quel “nodo” irrisolto che fu l’Action painting americana, l’opera di Mark Tobey, in mostra al Guggenheim veneziano, la prima in Europa di tale portata, appartiene e si dimostra legata, tanto più si cerca di separarla.

Delle “città bianche” di Tobey, dei tralicci dalla luce chiara, delle superfici sature di pigmenti e cesellate dall’attività di un certosino dell’oro bianco, allusive all’Oriente senza ulteriori precisazioni, si venne a conoscenza grazie all’opera critica di Francesco Arcangeli. I filamenti, i deboli grafismi a galla in una materia presente e delicata, e soprattutto una linea che percorreva la superficie quasi senza legge, furono facilmente collegati ai testi dell’espressionismo astratto americano. Il teatro di uno spazio indefinito e di una libera ed espansiva gestualità, erano concetti che permettevano al critico bolognese di unificare esperienze diverse tra loro e di queste le città di Tobey erano da considerarsi sovrani prolegomeni.

Debra Bricker Balken, curatrice della mostra, sembrerebbe, grazie a un prezioso aneddoto, confermare tale lettura: quella di un Pollock folgorato da Tobey.

Agli indiani d’America si sostituiscono i calligrammi cinesi? Niente paura, per i fans del modernismo: anche su Tobey, che iniziò formandosi sul Rinascimento, grava l’ombra di Duchamp. Sta di fatto che l’Oriente fornì al peregrinante eremita un appoggio, non certo una soluzione. Quel che lo muoveva era la vitalità della città, cui sempre tornerà: questa è la filigrana dei suoi colloqui, e i suoi testi rinviano ad essa come le insegne delle strade rinviano ai passanti.

“Luce filante (Threading light)”, del 1942, tempera su carta che dà il titolo alla mostra, rinvia con la sua tecnica detta della “scrittura bianca” ad un Oriente si percorso e amato ma anche parteciparlo da una soggettività che associava ad esso passione per la musica e per la sperimentazione.

Ne risulta un “atto” pittorico fluido e preciso, ritmico e calligrafico assieme, che, come dice il titolo dell’opera, fila, va, si sfila e ti fila, per poi svanire e ritornare come un gesso sulla lavagna che segni senza stridore o come filamento di un incisore di coralli, che suggerisce l’idea di un dripping eseguito lentamente da un mandarino cinese. “Il vuoto divora l’era del gadget”, 1942, che anticipa le Excavations di De Kooning, vira verso una empirica spiritualità. Poi saranno le trame di seta, in competizione con il marmo e il vuoto.

Rimane da chiedersi come mai un artista di straordinaria sensibilità narrativa e vis satirica, come testimonia il bellissimo “Nebbia al mercato” del 1940, si consegni a un lavoro di annullamento dei dati della civiltà, poi recuperarli, attraverso tali atti ripetitivi, quasi baco da seta inesausto, materici e desacralizzanti in fondo.

Che il secernere questo materico e opalescente bianco, come inesausto baco da seta, insegue più che sintesi di civiltà, quel gusto che, ci si perdoni il paragone, richiama non la luce metafisica ma, come sanno i bambini - e saremmo a cavallo fosse così - il sapore dello zucchero filato, piacere che ogni civiltà promette e concede: ma a quale prezzo? Questa partita con la materia (e materia proprio quando essa si accende nella luce), rimise in moto le geometrie di Kandinsky, si veda “Eventuality 44”), per inseguire le gloriose “eventualità della scrittura rinvenuta”. Chi disse di no a tutti, lo fece forse perché aveva intuito come le crisi delle civiltà siano in primis crisi dell’io. Da qui anche le ragioni di un’adesione a un credo monoteistico che tutto omologava. Ma se gli ultimi ed eccelsi atti di Tobey furono l’approdo a un sublime quanto accademico accademismo, cioè ai sacri valori dell’arte, sorge la domanda: in the meantime? Il gran rifiuto che Tobey rivolse alla scuola di Parigi, rimette in gioco infatti l’arte di Tobey, e l’interesse per essa.

Fu un rimanere fedele alle ragioni dell’espressionismo, a un gesto che, imparentato con l’inconscio, non si opponeva per questo al pensiero, come pretendevano gli europei.

L’Action painting conobbe il medesimo destino: da una parte lo “sporco” della materia come istanza dell’io, dall’altra la purezza della perla, lavorata dal maestro di Seattle, con una perizia che non sopporta compromessi.

A seconda di come si risponda a questa domanda, si avrà la chiave di tale pittura, capace di evocare l’universo dopo averlo quasi completamente rimosso, di nominare Grecia e Roma e America e Oriente, dopo averli consumati. Forse le “black paintings” di Pollock iniziano proprio nel punto in cui le “White paintings” di Tobey concludono (recuperando dall’oceano le figure della propria storia personale), è straordinario però ritrovare lungo le sale del Guggenheim, una libertà che, nonostante il sogno di una Lattea galassia, non rinuncia alla sindone del proprio dramma.

(Mario Cancelli)

Bologna, 17-6-2017

 

Mark Tobey. Luce filante

Peggy Guggenheim Museum

6 maggio - 10 settembre 2017

A cura di Debra Bricker Balken

#MarkTobey


L’eredità come testamento e l’inizio di Zaccheo

di Massimo Borghesi. IlSussidiario.net domenica 20 agosto pubblica un editoriale di Massimo Borghesi a commento del messaggio del Papa in occasione della XXXVIII edizione del Meeting per l’amicizia fra i popoli di Rimini. Il titolo del Meeting, spiega il filosofo, rifiuta la leggenda, sostenuta ad arte dai poteri del mondo, di un eterno presente e rilancia l’idea (non reazionaria) dell’eredità come testamento.

 

ILSussidiario.net, domenica 20 agosto 2017, L’eredità come testamento e l’inizio di Zaccheo (M. Borghesi) http://www.ilsussidiario.net/News/Editoriale/2017/8/20/L-eredita-come-testamento-e-l-inizio-di-Zaccheo/778853/

 

“Notre héritage n’est précedé d’aucun testament”. La frase, un po’ enigmatica, dello scrittore e poeta francese René Char, si trova nella raccolta di aforismi Feuillets d’Hypnos pubblicati nel 1946 nella collana “Espoir” diretta da Albert Camus. Commentandola Hannah Arendt osserva come “elencando quel che sarà legittima proprietà dell’erede, il testamento lega beni passati ad un momento futuro. Senza testamento, o fuor di metafora, senza la tradizione (che opera una scelta e assegna un nome, tramanda e conserva, indica dove siano i tesori e quali ne sia il valore), il tempo manca di una continuità tramandata con un esplicito atto di volontà; e quindi, in termini umani, non c’è più né passato né futuro, ma soltanto la sempiterna evoluzione del mondo e il ciclo biologico delle creature viventi”.

Le considerazioni di Hannah Arendt, tratte da Tra passato e futuro,  ci aiutano a precisare il titolo del Meeting 2017: “Quello che tu erediti dai tuoi padri, riguadagnatelo, per possederlo” (Goethe). Un titolo profondamente attuale. Le generazioni nate negli ultimi trent’anni, dopo la caduta del muro di Berlino, hanno realizzato alla lettera la profezia del noto volume di Francis Fukuyama, The End of History. L’era della globalizzazione ha rappresentato, sul piano storico-politico-pedagogico, l’epoca della grande smemoratezza. La vita conficcata in un eterno presente, in una giovinezza imperitura, è apparso l’ideale di un mondo che, prima dell’apocalisse dell’11 settembre 2001 e della crisi finanziaria del 2007, si è illuso, e continua ancora ad illudersi, che l’esistenza sia una passeggiata senza fine, il Paradiso all’improvviso.

Il titolo del Meeting rifiuta la leggenda, sostenuta ad arte dai mercati e dai poteri del mondo, e rilancia l’idea (non reazionaria) dell’eredità come testamento. Non reazionaria perché, a fronte di un mondo senza radici e di una società senza legami, liquida, la tentazione è lo sguardo all’indietro, ai tempi in cui l’albero della vita appariva verde, alle esperienze della bella gioventù. Nessuna nostalgia può, tuttavia, risuscitare il passato. Ciò che era bello deve riaccadere in forma nuova per conservare la sua bellezza. Deve, come indica Agostino citato dalla Arendt, generare l’inizio di un inizio, combattere contro passato e futuro affinché la vita non appaia congelata dalla “bellezza che fu” o diventi leggera, fuggitiva, verso un futuro immaginario.

Il presente, come afferma Agostino nell’XI libro delle Confessioni, è l’unico tempo reale. Lo è, però, solo in quanto pieno della memoria del passato e gravido dell’attesa del futuro. I nostri giovani, oggi, non hanno né il senso del passato né la speranza (di vita, di lavoro, di famiglia, di figli, di impegno politico) nel futuro. Gli anziani, d’altra parte, sono i rami secchi che il mito dell’eterna gioventù non tollera. Odorano di fragilità e di morte e questa società, per cui Dio è fuori gioco, ne ha un segreto terrore. In tal modo, come papa Francesco ha detto in più occasioni, il nostro mondo taglia via le ali — gli anziani e i giovani —, il passato e il futuro. Rimane l’eterno presente di un’età media che, per quanto lunga, è sempre troppo breve.

Se questo è il contesto allora il messaggio del Meeting si chiarisce in tutto il suo significato. Un senso bene chiarito dalla lettera che il Papa ha fatto pervenire agli organizzatori attraverso la penna del cardinal Parolin. “Quello che tu erediti dai tuoi padri, riguadagnatelo, per possederlo. È un invito a riappropriarci delle nostre origini dal di dentro di una storia personale. Per troppo tempo si è pensato che l’eredità dei nostri padri sarebbe rimasta con noi come un tesoro che bastava custodire per mantenerne accesa la fiamma. Non è stato così: quel fuoco che ardeva nel petto di coloro che ci hanno preceduto si è via via affievolito”. Questa constatazione, che ricorda i giudizi di don Giussani sul tramonto della cristianità sul finire degli anni 60 e si oppone ad ogni vuoto progressismo, non è però accompagnata da un senso di sconfitta, da uno spirito polemico, da un desiderio di rivincita nei confronti di un mondo che appare sordo e chiuso rispetto ai valori “tradizionali”. Dal punto di vista cristiano la ripresa della tradizione, del Testamento Nuovo, passa attraverso un’attualità presente. La “memoria” della fede è memoria di Cristo, di un incontro passato con Cristo che richiede di essere rinnovato nel presente. “Dio non è un ricordo, ma una presenza, da accogliere sempre di nuovo, come l’amato per la persona che ama”. Per il Papa “c’è una sola strada: attualizzare gli inizi, il ‘primo Amore’, che non è un discorso o un pensiero astratto, ma una Persona. La memoria grata di questo inizio assicura lo slancio necessario per affrontare le sfide sempre nuove che esigono risposte altrettanto nuove, rimanendo sempre aperti alle sorprese dello Spirito che soffia dove vuole”.

L’invito di Francesco è chiaro. Esso si oppone, consapevolmente, alla strana malattia che sembra aver pervaso parte del mondo cattolico, una sorta di frustrazione per la quale rancore, diffidenza, litigiosità, malumore, pessimismo, diventano fattori dominanti. Al cattolico progressista è subentrato il seguace di Carl Schmitt per il quale non c’è religione se non c’è nemico, non c’è teologia che non sia teologia-politica. Ciò che è venuta meno è la gratitudine per qualcosa di accaduto. Al contrario prevale la nostalgia per ciò che si è perduto e, di conseguenza, il risentimento verso il presente. Il passato può essere ripreso solo se è rinnovato in un incontro nuovo. “Come arriva a noi — si chiede il Papa attraverso mons. Parolin — la grande tradizione della fede? Come l’amore di Gesù ci raggiunge oggi? Attraverso la vita della Chiesa, attraverso una moltitudine di testimoni che da duemila anni rinnovano l’annuncio dell’avvenimento del Dio-con-noi e ci consentono di rivivere l’esperienza dell’inizio, come fu per i primi che Lo incontrarono. Anche per noi ‘la Galilea è il luogo della prima chiamata, dove tutto era iniziato!e per questo bisogna ‘tornare lì, a quel punto incandescente in cui la Grazia di Dio mi ha toccato all’inizio del cammino. [...], quando Gesù è passato sulla mia strada, mi ha guardato con misericordia, mi ha chiesto di seguirlo; [...] recuperare la memoria di quel momento in cui i suoi occhi si sono incrociati con i miei’ (Francesco, Omelia nella Veglia Pasquale, 19 aprile 2014)”.

L’inizio, ovvero la possibilità di un presente cristiano, sta nel ripetere in forma nuova l’esperienza degli inizi, nel ritorno alle strade polverose della Galilea, nella memoria di uno “sguardo”. “La fede — recitava don Giussani con una bellissima definizione — è una presenza nello sguardo”. “Quello sguardo — commenta ora il Papa — sempre ci precede, come ci ricorda sant’Agostino parlando di Zaccheo: ‘Fu guardato e allora vide’ (Discorso 174, 4.4). Non dobbiamo mai dimenticare questo inizio. Ecco ciò che abbiamo ereditato, il tesoro prezioso che dobbiamo riscoprire ogni giorno, se vogliamo che sia nostro”.

La citazione di Agostino è tratta da un volume su sant’Agostino di don Giacomo Tantardini di cui Bergoglio, da cardinale, scrisse una prefazione. In essa il futuro Papa scriveva: “Zaccheo è piccolo, e vuole vedere il Signore che passa, e allora si arrampica sul sicomoro. Racconta Agostino: ‘Et vidit Dominus ipsum Zacchaeum. Visus est, et vidit / E il Signore guardò proprio Zaccheo. Zaccheo fu guardato, e allora vide’. Colpisce, questo triplice vedere: quello di Zaccheo, quello di Gesù e poi ancora quello di Zaccheo, dopo essere stato guardato dal Signore. ‘Lo avrebbe visto passare anche se Gesù non avesse alzato gli occhi’, commenta don Giacomo, ‘ma non sarebbe stato un incontro. Avrebbe magari soddisfatto quel minimo di curiosità buona per cui era salito sull’albero, ma non sarebbe stato un incontro’. Qui sta il punto: alcuni credono che la fede e la salvezza vengano col nostro sforzo di guardare, di cercare il Signore. Invece è il contrario: tu sei salvo quando il Signore ti cerca, quando Lui ti guarda e tu ti lasci guardare e cercare. Il Signore ti cerca per primo. E quando tu Lo trovi, capisci che Lui stava là guardandoti, ti aspettava Lui, per primo. Ecco la salvezza: Lui ti ama prima. E tu ti lasci amare. La salvezza è proprio questo incontro dove Lui opera per primo. Se non si dà questo incontro, non siamo salvi. Possiamo fare discorsi sulla salvezza. Inventare sistemi teologici rassicuranti, che trasformano Dio in un notaio e il suo amore gratuito in un atto dovuto a cui Lui sarebbe costretto dalla sua natura. Ma non entriamo mai nel popolo di Dio. Invece, quando guardi il Signore e ti accorgi con gratitudine che Lo guardi perché Lui ti sta guardando, vanno via tutti i pregiudizi intellettuali, quell’elitismo dello spirito che è proprio di intellettuali senza talento ed è eticismo senza bontà”.

Con ciò si chiarisce la risposta che il Papa offre al titolo del Meeting: il presente può riattualizzare il passato e aprirsi al futuro solo se si nutre dello sguardo di Cristo, dello sguardo di coloro per cui la fede è una presenza nello sguardo. Per questa Presenza il vero-bello-buono che i nostri padri ci hanno consegnato consente di vedere, in modo nuovo, il vero-bello-buono che, nonostante tutto, alberga nel mondo presente.

 


Il tempo in sant’Agostino, Borghesi in video a “L’angolo della poesia”

di Massimo Borghesi, Il tempo nel pensiero di sant’Agostino, comunicazione video di Massimo Borghesi per “L’angolo della poesia”, la rassegna di Pesaro promossa da Giuseppe Saponara, che si è tenuta dal 24 al 29 luglio quest'anno sul tema della creazione. Il video è stato trasmesso nelle serate dedicate a Neruda e a Pavese.

È stata dedicata ai giorni della Creazione la settima edizione della rassegna “L’angolo della poesia” dal titolo “Tutti giorni che ha fatto Iddio”, nel “Giardino della musica e della poesia” intitolato di recente al maestro Riz Ortolani, e già noto come cortile di palazzo Ricci.

https://youtu.be/KVwMQzWEHIc


La barba di Mosè, Akhenaton e il timore di un presagio

di Mario Cancelli. «Leggere un giudizio su questa figura mi fa sempre piacere: così per esempio, secondo Herman Grimm, essa sarebbe “l’apice della scultura moderna”. Certo, da nessun’altra scultura sono rimasto più fortemente toccato. Quante volte ho salito la ripida scalinata che porta dall’infelice Via Cavour alla solitaria piazza dove sorge la chiesa abbandonata! e sempre ho cercato di tener testa allo sguardo corrucciato e sprezzante dell’eroe, e mi è capitato qualche volta di svignarmela poi quatto quatto dalla penombra di quell’interno, come se anch’io appartenessi alla marmaglia sulla quale è puntato il suo occhio…» (S. Freud, Il Mosè di Michelangelo, 1914).

Non passava giorno che Sigmund Freud, nei suoi soggiorni romani, non venisse qui, a San Pietro in Vincoli, cercando di scoprire la ragione o il segreto di questa statua.

Oggi i visitatori vi giungono molto più numerosi di allora, e forse qualcuno di essi vive la medesima esperienza del fondatore della psicoanalisi, si scopre attratto cioè da qualcosa che lo riguarda, da una rappresentazione di cui siamo tutti partecipi.

Forse la suggestione dell’opera consiste proprio nel gesto emblematico di Mosè, un gesto che conclude, come ha dimostrato Freud, in una calma imprevista, dopo la prolungata ira, in quel constatare che la fluviale, inverosimile barba è ancora lì, al suo posto: come un politico quando fuoriesce dalla vettura di rappresentanza va con le mani alla propria cravatta le millanta volte, per accertarsi di essere ciò che spera di essere, così Mosè sembra autocertificarsi di se medesimo palpandosi la nilotica barba.

Un Mosè che appare perciò, malgrado la grandiosità, incerto, prudente quasi oltre misura, rassegnato e forse inquieto, sotto sotto ancora minaccioso come tanti dicono; mentre il giovane David vive della sua attenta serenità, della sua mancanza di dubbi, del suo compito di custode della città, cui tutto il suo corpo è teso, INVECE il Mosè ha bisogno della sua barba per sussistere.

Il linguaggio delle opere di Michelangelo, dal troppo finito della Pietà vaticana al non finito delle ultime, manifesta il faticoso andare verso la modernità: se in tutte le sue opere si riflette qualcosa che riguarda le “civiltà”, questo “grande uomo” però, che esce dalla facciata del monumento sepolcrale di papa Giulio II come un antico faraone (il sarcofago del papa è al secondo livello della fabbrica, quindi scarsamente visibile), rinvia a un complesso conflitto, che pone la riflessione sulle origini nella modernità.

Nessun’opera ha mai sopportato giudizi tanto opposti: vi si coglie la terribilità che incute il volto del legislatore, ma anche il timore di Mosè stesso alla vista del suo popolo, c’è determinazione ma c’è angoscia.

Quale l’originalità del Mosè nell’opera di Michelangelo?

La Cappella Sistina è teatro shakespeariano prima di Shakespeare, attira e trascina nel suo vortice figure mitologiche, storiche e anonimi astanti. Tale continuum di terra cielo, alto e basso, crea un moto che rompe gli schemi aprendo all’inconscio; una circolazione che coinvolge forme e sguardo, è quel che cerca l’uomo moderno, il quale ha visto le stelle sfuggirgli di mano e la sua storia quasi perdersi fra leggi che egli crede di dominare e da cui invece è dominato. “Il Giudizio universale” rinvia alla più perfetta delle titolazioni, facendo riferimento a giudizio e universalità, anche se il garante dell’ordine, quel giovane e palestrato Cristo triumphans, sembra patire un dramma analogo a quello delle figure circostanti.

Il suo giudizio salva dal caos, ma quanto APPARE periclitante quel suo gesto che separa salvati e dannati: gli uni non paiono molto più contenti degli altri, sommersi tutti in un fragore tremendo che, siamo sinceri, un po’ ricorda un Dies irae di Karl Orff diretto da André Rieu. Non a caso Ungaretti vide nell’ormai barocco Giudizio di Michelangelo, specchiarsi non la fede ma l’inquietudine.  Così come Longhi vide nella “Decollazione del Battista” di Caravaggio il silenzio di una scena ormai irriconoscibile e Roberto Calasso negli affreschi del Tiepolo, l’inaugurarsi di una forma “leggera”, un tripudio di significanti in festa, senza più remora per i significati, resti indesiderati.

Ma davanti al Mosè si può tornare proprio come avveniva a Freud, con l’aspettativa di un pensiero ancora urgente, che vince la rimozione: tanto che il suo segreto, si è detto, sembra coincidere con quanto di non rimosso opera in ognuno di noi, si tratti di pulsione inconscia o di un passato personale ancora irrisolto.

Il Faraone, il profeta, che nella sintesi iconica michelangiolesco-hollywoodiana ha il volto di Charlton Heston (si ricordi il drammone titaneggiante “Il tormento e l’estasi”, successivo a “I dieci comandamenti” di Huston) non esce da un sacrario di morte, ma sembra offrire a chi guarda la sollecitazione di un pensiero tutto da compiere.

Rimane un’ultima riflessione: non sarà che proprio qui, a Roma, a San Pietro in Vincoli, Freud abbia avuto l’intuizione che gli mancava, e che svilupperà molti anni dopo?

Forse qui è nata l’intuizione, che non ritroviamo nel coevo Totem e Tabù, e che in tutta la sua esplosiva verità occuperà l’ultimo scritto di Freud, “L’uomo Mosè e la religione monoteistica” (1939) dove sarà finalmente “pensato” quel segreto cui si è accennato, che lega la vicenda dell’individuo a quella delle civiltà. Basta fare un semplice confronto fra la barba del Mosè, accarezzata, aurea, fallica e allo stesso tempo fiume dei secoli che la Legge attraversa, e la posticcia barba rituale del Faraone Akhenaton che Freud chiama in giudizio.

Le statue sono cieche, inutile fissarle negli occhi per cercarne le intenzioni.  Nel nuovo (non) sacrario Mosè esce alla luce, va verso gli uomini, con la calma a fatica conquistata, nel perdurante timore di un presagio che attraversa ogni tempo. Questo il vero segreto, che renderebbe umano il faraonico profeta: il presagio di un’imminente nuova ribellione del suo popolo, e della propria morte.

Sì, è possibile che qui a San Pietro in Vincoli a Freud sia venuto quel pensiero del parricidio di Mosè: ciò renderebbe quest’opera una orta di “incunabulum inconscii”, che ci attrae perché ci mette di fronte a ciò che, da sempre, avviene nella storia di ogni individuo.

 

(Mario Cancelli)


Le radici filosofiche (e teologiche) dell’economia politica moderna

di Massimo Borghesi. Dalla somma degli egoismi individuali proviene un bene per tutti? L’idea ottimista del progresso che sta alla base dell’economia politica moderna, esemplificata in Adam Smith (nell’immagine), è in realtà un’idea non sufficientemente problematizzata, che rivela ben precisi presupposti filosofici e addirittura teologici.

È questo il pensiero di Massimo Borghesi, intervistato dagli studenti della “Summer School in Etica, economia e beni relazionali: crescita delle imprese e realizzazione personale”, coordinata dal professor Massimiliano Marianelli, che si è tenuta a Perugia dal 22 al 27 maggio 2017.

https://www.youtube.com/watch?v=3q-V2NvPhq0&feature=youtu.be

La Summer School è stata promossa dal Dipartimento di Filosofia, Scienze sociali, umane e della Formazione dell’Università di Perugia, in collaborazione con l’associazione culturale Stromata, con la partecipazione di docenti italiani e stranieri.

Originale l’intento dell’iniziativa formativa: fornire orientamenti per quanti intendono proporsi autonomamente come imprenditori “civili” attenti alla persona, alla sua motivazione e realizzazione, a fornire le basi culturali necessarie per comprendere il ruolo delle dinamiche intersoggettive nei processi economici, a conoscere le principali questioni nell’attuale dibattito etico-economico nonché ad acquisire conoscenze e capacità teorico-pratiche che prevedono l’approfondimento della dimensione etica con particolare riguardo alla responsabilità sociale.


Salvatore Oliva: la tigre bianca del fumetto

Trovarsi inadeguati a parlare di una persona, quando parlare direttamente con la stessa non è mai stata una cosa difficile, credo sia uno dei sintomi più interessanti della scoperta di un maestro.

Quando cioè, la relazione, l’esperienza, sta tranquilla come un vecchio con la pipa nel salotto dell’innominabile, nell’anonimia, allora s’intravede l’evento che è stato quell’incontro, il dipinto sopra il camino fiammeggiante con su scritto: “Non mi dimenticherai mai”.

Ecco, chi per mestiere, per fortuna o per svago, abbia avuto occasione di conoscere Salvatore Oliva, saprà di che cosa sto parlando. Agli altri consegno le mie scarne parole: tentativi di catturare un animale schivo e inafferrabile, come può esserlo una tigre bianca del fumetto.

Salva, così si firmava e voleva essere chiamato, l’ho conosciuto cinque anni fa durante le mie ricerche su Hugo Pratt (era l’argomento della mia tesi di laurea triennale). E l’invito cordiale e affabile che mi arrivò repentino, d’andare a casa sua, dopo nemmeno due telefonate, non mi fece nemmeno sospettare di potermi trovare di fronte ad uno dei più grandi (forse il più grande) conoscitore dell’opera di Pratt di tutta Italia.

Il primo incontro, devo dirlo, fu simpatico: mi fece una specie di test, per vedere quanto davvero ne sapessi del suo ambito. Mi mise di fronte una tavola originale (chissà poi da quale opera secondaria di Pratt, me lo domando ancora), e mi chiese di commentarla. Fu divertente, ci mettemmo a ridere nel suo piccolissimo ufficio bianco, stracolmo di libri ma ben ordinato. Aveva gusto, ecco. Sul salotto erano affisse serigrafie minimal di Corto Maltese. Si vedeva subito che non era uno di quei tipi confusi ed arruffati, nei quali la passione supera la misura. Non capii né che mestiere facesse, né chi fosse.

Quel pomeriggio però ci scambiammo idee, contatti, mi consigliò di andare da un suo amico a Senigallia, da un altro a Vicenza. Facemmo amicizia, insomma. Non ebbe timore di dirmi che era malato, ma lo fece con tatto, come fosse una cosa dolorosa, sì, ma secondaria; parlammo di Stefano Babini. Ci tenemmo in contatto telefonico, e da quel giorno cominciò a spedirmi anche cartoline, inviti a convegni, e soprattutto delle bizzarre buste gialle contenenti libri illustrati e vecchi fumetti. Una cosa d’altri tempi, devo dirlo, splendidamente anacronistica: francobolli, timbri, buste. E che buste: sul fronte spiccavano bricolage di stampe, illustrazioni, disegni, schizzi a biro, definiti e decorati coi pennarelli. Vere opere d’arte postale. Faceva così con gli amici, spediva a tutti buste su buste, tutte decorate singolarmente, che si potrebbe quasi pensare di farne una mostra.

La seconda volta a casa sua gli portai la mia tesi, il libro su Giorgio De Gaspari, ci presentammo le rispettive mogli, bevemmo un thè. Bello, semplice. Continuavano intanto ad arrivare le solite, attese, buste gialle. Ci sentivamo la domenica: chiamate inaspettate, brevi, sempre su Hugo e su quelle che lui continuava a chiamare le mie “strane ricerche”. Sembrava che un pivello come me gli piacesse: ci credeva, voleva che ci credessi anch’io. E alla fine ce l’ha fatta, mi pare.

Questo è quello che so sulla tigre bianca del fumetto: poco, niente.

Quando se n’è andato pochi giorni fa, il 18 luglio 2017, a 58 anni, mi sono venute subito in mente quelle buste, come una cosa dell’altro mondo: piccoli gesti reali di compagnia, un lascito postale. Mi sono anche accorto che non sapevo minimamente con che grande personaggio avevo avuto a che fare: consulente per grandi case editrici, reporter ad Angouleme, fondatore di festival fumettistici, saggista, critico acuto, promotore silenzioso. Avevo conosciuto il volto discreto di uno dei più grandi “gentiluomini di fortuna” che siano mai esistiti. E come me forse si dovevano sentire quei poveretti che la notte incontravano il principe Harun al Rashid, mentre passeggiava per i viottoli della sua città travestito da accattone.

Perché a volte le tigri ti passano accanto e ti fissano un poco, prima di sparire di nuovo nel verde.


IlSussidiario.net sul botta e risposta Borghesi-Scalfari

Anche IlSussidiario.net, sito internet di informazione tra i più cliccati del nostro Paese, venerdì 21 luglio dedica un spazio agli articoli di Massimo Borghesi su La Stampa/Vaticaninsider.it e, in risposta, di Eugenio Scalfati su Repubblica. «Un botta e risposta di alta classe», commenta l’autore Paolo Vites, «come solo menti libere e aperte al dialogo possono fare». Vi proponiamo l’articolo.

 

IlSussidiario.net, venerdì 21 luglio 2017, Borghesi su Scalfari: “Le sue lacrime valgono più di 30 trattati di teologia” (P. Vites)

 

La risposta di Eugenio L’ex direttore di Repubblica Eugenio Scalfari risponde a Massimo Borghesi a proposito della sua amicizia con papa Francesco. Il riconoscimento di un Io comune

Botta e risposta tra il filosofo Massimo Borghesi e il fondatore di Repubblica Eugenio Scalfari. Un botta e risposta di alta classe, come solo menti libere e aperte al dialogo possono fare. Nei giorni scorsi Borghesi aveva scritto su La Stampa un articolo in cui analizzava il nuovo incontro-intervista tra papa Francesco e il giornalista, che come già successo in precedenti occasioni analoghe in certi ambienti cattolici aveva destato fastidio. Borghesi aveva sottolineato la sorprendente amicizia che lega due persone così apparentemente diverse, un uomo di sinistra e un pontefice. Borghesi è rimasto colpito dalla comozione di Scalfari davanti a Francesco: “Le sue lacrime valgono più di 30 trattati di teologia”.

Così Scalfari ha risposto a Borghesi con un lungo articolo su Repubblica, dal titolo “La mia amicizia con Francesco la consapevolezza dell’Io e i falsi assilli dell’anima”. Nel suo scritto l’ex direttore di Repubblica riconosce l’apertura del filosofo nei suoi confronti, citando l’ultima parte del suo articolo dove Borghesi dice che questa amicizia tra i due è “un riconoscimento pericoloso. Tanto agli occhi dei laici integralisti, quanto a quelli degli antipapalini, fermi, al pari dei laici “ortodossi”, alla ideologia. (…) Al di là di questi opposti, alleati nella loro lotta, si situa lo spazio dell’incontro tra un Pontefice ed un intellettuale laico assillato, nonostante tutto, dal mistero della vita”.

Scalfari scrive di non sentirsi “assillato”, ma di riconoscere da tempo che “la vita della nostra specie, a differenza degli altri esseri viventi vegetali o animali, è dominata dall’esistenza dell’Io. Noi abbiamo e siamo dominati dalla consapevolezza del nostro Io che lo rende duplice: l’Io che opera e vive e l’Io che lo guida da fuori e lo giudica. L’Io umano è duplice, nel senso che mentre vive, parla, combatte, si rassegna, è allegro, è insoddisfatto, è disperato, è triste, ama, odia, ha coraggio, ha paura, nel frattempo si guarda da fuori e si giudica.

Spesso questo giudizio è negativo e non sempre ma molte volte è giusto, tuttavia nel sottofondo di ciascuno di noi c’è ed è questo vedersi da fuori mentre si opera e si vive”. Scalfari ricorda come già vent’anni fa scrisse un libro intitolato “Incontro con Io” dove il protagonista è Odisseo, “l’eroe moderno che impersona consapevolmente l’Io”: “Sono consapevole che ogni nostra attività, dalla più banale alla più significativa, è dominata dall’Io anche se non sempre lo sappiamo e/o ce ne accorgiamo.

Di solito le moltitudini non sanno neppure che il problema dell’Io esiste. Seguono i loro istinti, le loro pulsioni, la loro timidezza, la loro paura o il loro coraggio e la loro audacia, ma questo l’ho già detto, quello che più di tutto sfugge loro è la profonda diversità delle varie forme della natura umana” aggiunge. Scalfari cita i suoi poeti preferiti (Rainer Maria Rilke, John Keats, Edgar Allan Poe, Aleksandr Blok, Dante, Leopardi): “Nella loro diversità l’uno dall’altro, la loro capacità d’esprimere l’anima, di farsi guidare da lei, d’avere il cuore e la mente dominati dall’Io è egualmente moderna”. Concludendo che lungi da sentirsi un genio, è una persona qualunque che ha avuto una vita lunga e ricca e che adesso può anche vantarsi dell’amicizia con papa Francesco, “non certo perché un papa, ma per l’uomo eccezionale che è”.


Dagli Usa a Ratisbona, la rassegna stampa di Radio Vaticana con Massimo Borghesi

Venerdì 21 luglio Massimo Borghesi alla rassegna stampa mattutina di Radio Vaticana commenta il recente articolo di padre Antonio Spadaro, direttore de La Civiltà Cattolica, dal titolo “In God we trust”. Il filosofo si sofferma poi sulle drammatiche notizie che giungono dal Venezuela (nella foto) e da Ratisbona, con lo scandalo degli abusi nello storico coro di voci bianche Regensburger Domspatzen, tra i più quotati ed antichi d’Europa, diretto per anni dal fratello del papa emerito, monsignor Georg Ratzinger. Segue un approfondimento su Mafia capitale (oramai più propriamente definibile “Corruzione capitale”) e un commento sull’articolo di Eugenio Scalfari in risposta allo stesso Borghesi su Repubblica di giovedì 20 luglio. Un articolo che Borghesi commenta positivamente, così come il dialogo al di là degli steccati ideologici tra Scalfari e papa Francesco.